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Ana Sofía Mancera (Cali, Colombia)

Blog de EaL 2018

 

Día #25 (Sábado 27 de enero)

Ana Hurtado (Ciudad de México, México)

Ojalá las palabras para decir adiós sigan siendo insuficientes, tanto que no haya alfabeto alguno que en un cuerpo silábico sea capaz de aglutinar todo el arrebato que provocan las despedidas. ¿Cómo regresar a ese lugar que se supone es nuestro hogar cuando en otra latitud nos sorprendimos al descubrir una diversidad de raigambres? Ahora el retorno es un deseo de doble filo ¿a dónde, para qué, con quién (es) y cómo volvemos? La añoranza se bifurca en la ambivalencia de la familia; esa base de la que nos desprendimos por un breve tiempo, y el lazo que tejimos con la policromía de los sueños que rompieron fronteras.

En su etimología Pachakutik evoca el cambio, la transición, «el retorno de los buenos tiempos», en la praxis este significado se ha retomado para emprender una lucha por «un mundo donde quepan muchas mundos», cómo dijera el legendario Sub Comandante Marcos. A veces las ganas por mejorar nuestra realidad parecen quemarse ante nuestros ojos, sobre todo cuando creemos emprender solos el andar más incierto, por tanto resulta bastante útil no hacer del silencio un hábito y permitir que la palabra florezca, de este modo,  las primaveras aturdidas de dignidad serán más constantes en cada uno de nuestros países.

 

Y es que la búsqueda por la dignidad es partícula de un pasado propio. Durante el desarrollo del curso, uno de los episodios más escalofriantes y reveladores, fue ver que además de compartir utopías de cambio, compartíamos alguna experiencia de discriminación o violencia, fuera por cuestiones de raza, género o clase. Este detalle quizá tan obvio para algunos, se sintonizó con una rápida revisión en torno a las diferentes tipologías de la microviolencia.

 

Como parte de un ejercicio, se nos pidió que escribiéramos diferentes situaciones en las que habíamos experimentado algún tipo de microviolencia. Desde luego este ejercicio corroboró la permanencia de ciertos estereotipos muy presentes en nuestra cotidianidad, los cuales representan un desafío constante y casi inagotable.

 

Cuando hablamos sobre lo que Foucault denominó las microfísicas del poder, frecuentemente abstraemos ejemplos que percibimos desde el ojo alejado, en el inmediato difícilmente reparamos en las microviolencias que cargamos y reproducimos con tanta naturalidad. Después de aquel ejercicio donde nosotros éramos el centro receptor de la violencia en escalas micro, se nos pidió que pensáramos en situaciones donde nosotros habíamos vulnerado de alguna forma a otro u otros.

 

Entonces la cosa se complicó un poquito y no precisamente por falta de referentes, sino porque resultaba un tanto vergonzoso reconocer las violencias que en algún momento habíamos reproducido. Pero, ¿qué tenía de malo decir abiertamente que en algún punto de nuestra vida habíamos sido tan mínimamente violentos? El mundo feliz que constantemente dibujamos con límites imaginarios en hojas de papel, siempre distintas, no es igual a este mundo donde la felicidad tiene muchos rostros.

 

Ojalá nuestro pasado tuviera la misma cualidad que el grafito sobre el papel, ojalá pudiéramos borrar lo que no nos gusta y hacer de cuenta que nunca lo escribimos, hacer de las hojas espacios sordos y ciegos. Pero incluso en las hojas quedan huellas, rastros que pueden parecen imperceptibles pero que dan cuenta de que antes de un trazo más preciso hubo una línea, un punto, un garabato menos estético pero más sincero. Así como nosotros.

Entre la negación y el reconocimiento se debate lo políticamente correcto. Y entre lo políticamente correcto y la reflexión en torno a nuestros privilegios se juega la congruencia de los hechos con las palabras. Un privilegio muy grande es tener la oportunidad de escarbar en los recuerdos más primigenios y darnos cuenta de nuestro actuar errado, porque sentir vergüenza es parte esencial de la conciencia del error.

 

Una parte fundamental de nuestro proceso como activistas consiste en no idealizar la incidencia política como algo mítico que sucederá con un cambio avasallador. Esta sinceridad empieza desde que nosotros asumimos que hemos sido violentos o microviolentos, desde que percibimos que nuestra lucha inicia desde las esferas más íntimas, ahí donde se nos ha dicho que no tenemos que cuestionar, ni levantar la voz porque eso es una falta de respeto, así ¿cómo pretendemos cambiar? Idealizar la acción política no es ser activista, sino conformista, pienso yo.

 

Ninari siempre hablaba sobre las tres peticiones que clamaban por la posibilidad de representación política de los indígenas en el Ecuador: dos formas de comer, dos formas de vivir, dos formas de hablar. De no ser por Ninari, yo no hubiera podido entender y simpatizar con esta lucha. Sobre todo porque para mí, Nina era el ejemplo vivo de una interculturalidad fallida por ser altamente romantizada. Ella mejor que nadie sabía cuáles eran los límites de la interculturalidad como política de Estado y sobre todo, como forma de vida. Los espacios interculturales van más allá que el simple intercambio entre lenguas, palabras, formas de vestir o de pensar, son la comunión ontológica con el otro.

 

La siguiente pregunta es un ejercicio de imaginación sociológica ¿qué pasa cuando 39 cabezas intentan defender sus propias dicotomías? Posiblemente la fraternidad se idealice, pensando en que participamos en espacios culturales solo porque jugamos futbol con personas de distintos países. Puede que de repente sea más importante forjar recuerdos emotivos que fortalecer proyectos de resistencia. O a lo mejor habrá quienes dejen de comer tres días solo porque la comida no les gusta y extrañan muchos los alimentos de sus respectivos países. Quizá también suceda que se aparten de los espacios de diálogo porque, al no hablar el mismo idioma que una mayoría, sientan que no son comprendidos ¿les suena familiar? ¡Qué exagerada estoy siendo!

 

Los ojos de Nina no eran los mismos cuando decía: Creen que por poner letreros en español y quichua ya han cumplido con el proyecto de interculturalidad, pero mientras dicen reconocer la lengua indígena, las escuelas bilingües siguen siendo proyectos de unos cuantos. Entonces entendí un poquito de lo que Nina defendía con tanto fervor: no es que una vida tuviera más valor que la otra, es que la lucha empezaba desde que avizoraba una homogenización de sentidos cosmogónicos, efectivamente las dos formas de hablar, comer y vivir tenían en su particularidad un sistema de símbolos y estructuras de pensamiento diferentes. Pero, ¿cuál es nuestra segunda versión de vida? ¿Qué otra forma de comer, de hablar y vivir intentamos defender, la que imaginamos o la que hemos gozado con ciertos privilegios?

 

Abandono el turismo formativo, ese donde siempre me pienso como un individuo que absorbe términos y piensa en revolucionar el mundo desde la estrecha trinchera. Regreso a las letras, al escenario, a la voz susceptible de aciertos y errores, porque desde ahí puede crear espejos que me ayuden a revelar mis peores y más vergonzosas incongruencias. Me prometo regresar a cada país que conformó EaL, aun cuando nunca he estado en ellos. Prometo compartir la tierna furia del agosto Ñu. Renuncio a la individualización de los procesos y a la personalización de conflictos que obstruyen el diálogo.

 

Suerte que la palabra REBELDÍA ha vuelto a nacer entre mis labios. Ahora que todos han vuelto a sus países, ahora que solo nos quedamos los de acá, los mexicanos, ahora que los lugares se han hechos más grandes: desde la maleta vacía, la casa sin invitados, los dormitorios que ya no son de 20, 30 o 5, sino de dos o de uno; la cama vacía de la compañías a las que nos habíamos habituado, el plato de comida que puede llenarse las veces sin la preocupación de que alguien se quede sin comer, hasta las innumerables fotos que parecen ser insuficientes, todo es más grande tan proporcional al deseo de encontrarnos una vez más, con las manos llenas de fracasos, éxitos y miedos, porque eso es lo vivo.

 

Si pudiera definir EaL en una palabra, diría que es parecido a la lliclla de la que nos habló Dickson, aquella tela donde cada bordado y cada color tenían un significado. En conjunto, somos un lienzo inacabado, un tapiz donde buscamos plasmar realidades más habitables, más humanas de ahí la necesidad de volver a los lugares que nos vieron partir un día de diciembre o enero. En este mar de lucha y resistencia estamos bajo el mismo cielo pero en lugares diferentes y algún día las aguas harán que nuestros barcos choquen de nuevo, no lo olviden.

Con infinito amor, Ana Caligari.

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